Durante mi adolescencia (2009 a
2012) me caractericé por ser muy apático y arrogante. Pasé de ser un niño tímido
y miedoso a un adolescente ególatra, narcisista, desconfiado y poco optimista. Dejé
que la soberbia dominara mi persona; la apatía, mi voluntad, y la furia, mi
sentido común. Esas actitudes, al principio, me beneficiaron mucho, pero poco a
poco me fueron perjudicando.
En 2012 yo tenía 18 años. Concluí
el bachillerato a mediados del año, y así comencé a trabajar en una empresa
llamada Kimex; esta se dedicaba a la fabricación de fibras sintéticas. Entré
por recomendación de mi cuñada, Sandy, debido a que ella es jefa de Recursos Humanos de la empresa, y le fue fácil ubicarme en un puesto no muy alto, pero
tampoco muy bajo; entré a la división de tela. El problema que hubo conmigo fue
que no tenía experiencia laboral, por lo que era un principiante en el
negocio. En mi estancia allí, conocí mucha gente de todos los ámbitos. Compañeros
que se volvieron mis amigos y otros que no, pero no me quejaba. El trabajo, al principio,
me fue difícil, debido a que yo era nuevo; después, con las enseñanzas de mis
compañeros, pude — como ellos decían — “agarrarle la maña”; entonces, terminó siendo divertido. Mi estancia en la empresa
fue agradable, puesto que aprendí muchas cosas que antes desconocía en su totalidad:
rolar turnos, la puntualidad, el compromiso con la gente, las relaciones laborales,
la participación en un sindicato, etcétera.
Trabajé durante 10 meses. Mis principales objetivos
eran obtener experiencia laboral, y luego estudiar una licenciatura, pero el
más importante era ganarme el respeto de mi padre. Él siempre fue una persona
muy estricta y directa; recuerdo que llegué a odiarlo por lo mismo, pero al
mismo tiempo era justo, bromista, y sabía tratar a la gente. Siempre le tuve un
gran respeto, porque él siempre se defendía como león, aparentaba no temerle a nada, ponía a la gente en su lugar y
nunca se retractaba, y a pesar de todo, le veía el lado positivo a las cosas. Yo
quería demostrarle que podía soportar
las madrizas que conlleva un trabajo,
de las que él no me creía capaz. El doblar turnos, sacrificar mis dos días de
descanso por meter tiempo extra, desvelarme y madrugar, dormir poco y aguantar
mucho. Fue en ese periodo cuando comprendí muchas cosas que él intentaba explicarme,
y que mi soberbia no me dejaba entender. Pero cuando al fin mi criterio se iba
formando, y sabía que poco a poco estaba madurando, ocurrió una tragedia que me
hizo cambiar aun más, pero esa es otra historia.
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