La
madrugada del 13 de noviembre de 2012 ocurrió el suceso más importante en lo
que va de mi vida; ninguno otro que me haya marcado y cambiado tanto como este.
Mi padre había falleció, siendo victima del cáncer. Se había ido el único
hombre al que le he llegado a temer en la vida, y quién me enseñó a defenderme
y luchar contra cualquier reto. La tristeza corrompía mi ser; pero a la vez, mi
familia y yo nos sentíamos tranquilos, ya que él había pasado a mejor vida, y ya no sentiría más dolor. Él, en
vida y enfermo, sufrió mucho; no soportábamos verlo así. Nosotros, durante el
lapso de su enfermedad, lo apoyamos al máximo; persistimos durante todo el
periodo porque queríamos que viviera, pero él sabía que su tumor estaba muy avanzado,
y que nuestros esfuerzos serían en vano. Mi padre tomó su última
decisión: la ortotanacia—la muerte digna —en la cual, renunció a
toda atención médica, y fue cuestión de pocos días para que el tiempo lo
llevara hacia su destino.
Es una pesadilla el ver a alguien que ha estado tan cerca de ti;
con quien has compartido tanto tiempo y vez que muere. Es una sensación de
impotencia; lo único que puedes hacer es animarlo, y decirle con sinceridad que
uno puede recuperarse si lo intenta. Quizás es ser egoísta porque quieres que
lo haga, no solo por él, sino porque no quieres que se vaya. Al final,
respetamos su decisión y era algo que no podíamos evitar.
Mi padre me dejó un legado, el cual debo continuar. Aún, en el otro mundo, no ha dejado de brindarme sus enseñanzas como el ser optimista, nunca rendirme, defender mis ideales, no ser
tímido ni tener miedo, ser fuerte y responsable ante cualquier situación, por más
difícil que sea, y en especial: ser todo un chingón.
Descubrí que la vida no
siempre es divertida. Tiene sus lados buenos y malos, y debemos luchar por
alcanzar los buenos, aunque tengamos que pasar por los malos primero. Ahora que
he ingresado a la universidad, se que fue un regalo de mi padre. Gracias a sus
enseñanzas pude ser considerado uno de los mejores; prueba de ello fue aprobar el examen
de selección, y lo mejor de todo fue que entré, en mi primer intento, a la
institución y carrera que siempre quise. Estudiar en la Universidad Autónoma
Metropolitana es el mejor regalo que, solo mi padre, pudo haberme obsequiado.
Ser seleccionado ha sido lo más sencillo en este proceso; ahora viene
lo más difícil, lo cual es soportar, pero se que con lo que me enseñó mi
viejo podré conseguirlo. Su esencia se fusionó con mí ser, y estoy listo y
ansioso para los nuevos retos y rivales que vendrán en el futuro.


